12.3.11

La Música del Silencio

Madrugada de Jueves Santo, “Noche de Jesús” en los aledaños de la iglesia conventual de San Francisco, la cruz de guía de la hermandad del Santo Crucifijo irrumpe con fuerza en la Plaza Esteve.

Todas las personas que allí se encuentran enmudecen para poder palpar el Silencio atronador que, improvisadamente, se instaura. A los mandos de Paco Yesa, la cuadrilla de costaleros que porta el Crucificado de la Salud hace acto de presencia y con ésta, el singular barroco que un día labrara “Currito el Dorador”. El Silencio se rompe ante el "racheo" proveniente de las trabajaderas. Nadie comenta nada, todos escuchan al Señor, porque Él les habla, aunque no necesita hacerlo con palabras… Y se aleja, se va, se marcha dejando un reguero de silencio ensordecedor que llena la plaza y sus rincones.

A lo lejos, su Madre llega. Y lo hace llorando, llanto que se refleja con su forma de callar, otra vez sin mediar palabra, solo con el bamboleo acompasado de las bambalinas chocando contra los varales.

Mientras tanto, otra cruz espera en el dintel del convento, pero lo hace guardando sigilo. Está prestando atención a María y, tan fuerte suena su callada melodía, que decide ir tras ella, contagiada, lo hace en Silencio…

Jesús, ahora Nazareno, sobre un campo de verde anhelo, camina con decisión, lleva su mirada baja y, con potencia, avanza lleno del Silencio que está impregnado en la plaza (el Señor acomete su Via-Crucis al compás del mismo).

Desde el interior del templo, su Madre lo oye y sale en su búsqueda, quiere alcanzarlo, ayudarlo en su carga, no obstante, Ella no sabe que es más grande la que su corazón soporta. Y, nuevamente, en Silencio, lo sigue, mientras, observando y llorando, aguarda, bajo su llanto de Esperanza.

En definitiva, entre Silencio Negro y Silencio Blanco, la noche marcha… sin embargo, aún hay voces que persisten en dogmatizar que hace falta más música en esta madrugá santa…

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