El corazón del cofrade: sístoles, diástoles, pálpitos, lágrimas, el pellizco, la ilusión… todos estos elementos confluyen dando forma a lo que, particularmente, catalogo como el sueño del cofrade, fantasía de innumerables que no es una sola, que no es anhelo de algo a lo que podamos describir como unicidad:
El sueño viaja en el aplauso multitudinario de las diferentes almas cofrades que llenan un espacio tan físico como espiritual.
El sueño vuela con el pequeño que desde el balcón señala los claveles del monumento rutilante que, repentinamente, se le aparece sin avisar.
Lo hace con los pequeños y con los más mayores, con los que estrenan una túnica, una cestita llena de pabilos o un respetable turíbulo.
El sueño levanta las perezas, las suspicacias, los sinsabores de la cotidianeidad; toma fuerza gracias a aquel que lo sigue, que lo alimenta…
El sueño está tan lleno de vida que, aun haciéndonoslo ver en figuras, aparentemente, inertes, consigue que a éstas les hablemos de tú, que, incluso, de manera frívola las tratemos de “papá” o “mamá”…
Y es que el sueño es tangible, es a veces tan delicado, como el querubín que asoma su rostro tras el habitual barroco de los pasos, y en otras ocasiones rudo, y se nos presenta como un romano con cara de pocos amigos.
El sueño es estridente, cual corneta chillona y tambor bullicioso, asimismo es romántico, es una dulce melodía que se esconde entre las mallas de unas bambalinas.
El sueño se encuentra en carteras que guardan bellas estampas y, recíprocamente, éstas evocan de nuevo al sueño.
El sueño se escribe con palabras y no siempre es en primavera, el sueño no dura una semana ni se bosqueja por segundos de inspiración.
El sueño se forja, el sueño se vive, el sueño se hereda, ese sueño lo cumplió un padre hace 30 años y después de tanto tiempo, allá por abril, se volverá a hacer realidad, gracias a la eternidad de este divino sueño, en su fruto más querido, el hijo…
12.3.11
El sueño de un pregonero...
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