12.3.11

El Señor de los niños...

Llegué hacia aquel balcón que miraba al centro de la ciudad de la mano de mi, siempre fiel, camarada: las jacarandas oscurecían aquella tímida mañana de aurora de la primavera:

¡Pasa!, ¡guarda silencio que están en clase!, musitó…

Tras subir esos tímidos escalones, me asombró (como si fuera la primera vez) ese contraste de jacaranda a naranjo, el patio era testigo de mi indemne y alborozada mueca. Con la mirada fija y sin asentar otro destino, me dirigía hacia la capilla, despistado ,obvié aquella pequeña figura que, de repente, y, de manera entrañable, me interrumpió: no logró recordar el nombre pero, si evoco como si fuera ayer la forma en la que aquella pequeña niña me preguntó por una monja… mi compañero que, siendo en esto más ducho que yo, puesto que, puedo decir que en ese instante era mi guía, le contestó rápidamente, yo me quedé mirando como marchaba y, como andaba de espaldas a mí, se clavó en mi memoria el lazo que recogía su pelo.

Casi sin tiempo para poder asimilarlo, mi amigo me dijo: ¡venga!, ¡vamos!, entré en la capilla y allí estaba, la Virgen de la Estrella y Cristo Rey, sobre la pollina. Mi colega empezó a dar vueltas por el lugar, se dedicaba a desmontar cosas y yo me quedé observando a aquel cristo, digamos, diferente… ese dios de la sonrisa, al que se le tutea. Por un momento obvié la borriquita, lo trasladé hacia nuestra época, lo imaginaba como aquel profesor entrañable al que no se olvida por mucho que pasen los años, perdonadme que fuera profano pero lo veía como aquel maestro que enseñaba sentado sobre el pupitre para ser más cercano con los alumnos, pues así era y es Él, tutor del amor, dejad que los niños se acerquen a mi… (no lo olvidéis).

Sinceramente, y por no molestar a mi atareado amigo, no llegué a preguntárselo, pero, aún persiste en mi esa duda: ¿Cuándo salen los niños al recreo pueden entrar en la capilla para ver al señor?, y es que en mi distendido e improvisado dialogo conmigo mismo, también, imaginé a Cristo Rey como aquel risueño y tranquilo educador que vigila el patio viendo como los traviesos corretean a su alrededor, y entre tanta introspección, ¡qué casualidad!, la pequeña del lazo se había perdido, fue ahí, cuando fui consciente de que ese lazo tenía el mismo color del manto que a modo de capa envolvía a esa madre de mirada estrellada que hasta el momento había sido participe de mi incontestable ensoñación.

Cuando salí de allí, meneé la cabeza en un intento de obtener algo de racionalidad y me prometí a mí mismo que algún día volvería a repetir esa experiencia, lo recuerdo como si fuera ayer y parece que ha sido caprichoso el tiempo, parece que ha volado desde entonces y ya se antoja inminente que vuelva a contemplar el rostro del maestro y, quien sabe, a lo mejor, el de aquella niña del lazo…

1 comentarios:

tontodecapirote84 dijo...

Los niños de San José, los que sin saberlo, juegan cada día dando pelotazos en la puerta de la capilla, bajo el manto protector de la Virgen de la Estrella. Ella los mira cada día sonriendo. Él los instruye en el Amor y el compañerismo. Los niños de San José, grandes privilegiados. Ojalá hubiéramos tenido otros niños la posibilidad de ver construirse la Semana de los Gozos a nuestro alrededor. Inconscientemente, que es como se aprende a ser cofrade.

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