[Foto: Miguel Ángel González (Diario de Jerez)]
Gitano él, un poeta, de los mejores, decían; del barrio de Santiago, de allí de donde los aromas del freidor nos hacen imaginar que estamos frente por frente al mar.
Olas de devoción las que ve este rimador, el mar del fervor en los Miércoles Santos, riadas hacia la pasión del Señor del Prendimiento; en nómina desde hace “no se cuantos” años, decía el artista, siempre fiel, desde el Angostillo al salir, hasta que el Desamparo se oscurece por ese dintel que mira a la calle de la Merced.
Versos y más versos brotaban de su pluma, arraigados al corazón de este gran maestro:
Versos a la Estrella, a la Soledad, al Señor de las Tres Caídas y a la vecina Misericordia, pero faltaba algo…
Los balcones en las esquinas de las calles le aguardaban, ya que este particular personaje también era un gran saetero:
Saetas a la flagelación, al Desconsuelo y a la Encarnación, pero seguía restando algo…
Cierto día de Octubre, sonó en su casa, como lo hacía con tanta frecuencia, ese viejo teléfono tan ruidoso, la llamada era para el poeta; éste, al sostener el aparato y escuchar lo que se le advertía frunció el ceño, todos lo observaban con temor, esperaban la peor de las noticias; cuando colgó, rompió a llorar. Su mujer, extrañada, acudió en su ayuda, tratando de entender qué era lo que estaba sucediendo. Balbuceando, le dijo:
- Rosario, me han encargado ser el pregonero de la semana santa que viene.
Aliviada, ésta lo abrazó preguntándole por qué sollozaba. El artista sólo atinaba a decir que la emoción le estaba embargando simplemente.
Pasaron y pasaron los meses, la primavera se antojaba inminente y el poeta concluía el pregón, pero seguía faltando algo…
En cierta mañana de la peculiar cuaresma jerezana, seguramente, muchos de los asiduos madrugadores pudieron ver al pregonero rondar por las postrimerías de la portentosa Iglesia de Santiago. Allí, esperaba al sacristán de la misma para que le abriera las puertas del templo y así poder ver el rostro del Señor del Prendimiento.
Una vez allí, se perdía entre el silencio de las naves, la conversación entre estos dos gitanos. Ambos, se ponían al día de sus vidas y preguntaban por la salud de los familiares, como era costumbre. De repente aguardaron silencio, y, mientras uno revisaba con la vista que no había ningún desperfecto en la Iglesia, el otro, miraba frustrado el rostro de Jesús apresado. Este silencio se rompió con unas palabras:
- Sacristán, ¿puedo confesarle una cosa?
Este no dudó y respondió afirmativamente, atento a que podría comentarle el creador:
Desde hace tiempo llevo preparando mi pregón, como bien sabrás, pero aún no lo he terminado, hay una parte que he dejado en blanco, y no precisamente porque lo desee; seguramente nunca me hayas escuchado cantar una saeta a nuestro cristo, ni tampoco de mis manos habrás visto salir ni el más mísero poema.
No hay lírica en mi pluma para el que ahora nos está mirando, estoy triste y no sé que hacer, sólo consigo escribir la prosa más representativa que puedas imaginar. El sacristán se dirigió al desasosegado pregonero y le dijo: Yo no puedo ayudarle, no hay palabras sabias en un humilde cuidador del templo como yo, pero si sé de alguien que puede hacerlo, y seguramente no le importaría que escribiera en prosa. Se refería a la virgen del Desamparo; el artista, se dirigió hacia la capilla donde se encontraba para buscar réplica y en escasos instantes surgieron de sus labios unas frases que nunca ha olvidado desde entonces:
Madre del Desamparo, aquí vengo porque, como tú, no tengo palabras para calmar la aflicción del gitano al que todos quieren ajusticiar.
Ese gitano, que es tu hijo, te dio el puñal que tienes en el pecho para que San Pedro no cayera por segunda vez en la insensatez.
Desde aquí, te veo y te imagino con tu manto de terciopelo bordado de volantes con los que quieres amparar en tu desamparo, al que ahora está prendido.
Tus pendientes caen como lo hacen las lágrimas, ese quejido de ver a tu hijo maniatado y que parece querer salir corriendo hacia ti para que lo socorras.
Pero no puedes hacer mas que contemplarlo cautivo, resignado y esa es tu duquela, señora del Desamparo… esa es tu duquela…
15.2.10
"Versos para el Señor Prendido" por Florencio Iniesta Nowell
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada