Todo comenzó un día que mi abuelo me hablo de la “gran mojá” que sufrió la hermandad de San Miguel, le cayo en una madrugá una cantidad de agua tal que ésta le llegaba a la mitad de la pierna de mi abuelo cuando subía por la calle San Miguel; los capirotes de cartón se doblaban, la gente se quitaba la gabardina para proteger el manto de la Señora, y chorreaba el agua por la espalda del Crucifijo. De aquella “mojá” mucho se aprendió en esa hermandad.
Pero a mí esa historia me dejo con ganas de más y entonces acudí a quien me inició en esto, mi padre, que me contaba múltiples anécdotas cuando yo no levantaba ni un palmo del suelo.
Una de sus historietas era el uso que se le daba al libro de reglas en las cofradías antaño. Según él me contaba, éste se colocaba al principio en los cortejos, para que al encontrarse dos cofradías que querían pasar por una misma calle, lo hacía primero aquella que fuese más antigua, obteniendo así prioridad de la mas vieja sobre la que menos, comprobándose esto en el libro de reglas (aunque esta situación ocurría rara vez).
Con estas anecdotillas e historietas, fue levantando en mi, como el costalero que levanta al cielo el paso, ese cosquilleo que todos hemos notado al principio, cuando nos empieza a enganchar este mundillo de “costeros” y “sobre los pies”, de incienso y azahar, de señor Crucificado y Dolorosa bajo palio.
Y esas historietas se sucederán unas tras otras, como cada vez que en la Porvera, año tras año, llegaba el Prendimiento y me decía como si fuese la primera vez: “esos dos malos que llevan atado al Señor, se llaman Candileja y Chupaceite”. Y a mi, entre la gracia que me hacían los nombres y la impotencia de ver la cara del Señor, se me entremezclaban los sentimientos que aún hoy sigo sin comprender.
Ha pasado el tiempo, y hace ahora lo mismo con mi hermano pequeño, al cuál le sigue contando aquella historia al pasar el paso de la Viga y le dice que un día el Santo Crucifijo procesionó sobre ese paso.
Luego, al día siguiente lo llevará a Carpintería y al ver pasar al Cristo del Amor, le contará que él vio el paso de palio que lamentablemente un rayo fulminó y seguidamente le contará lo del terremoto de Lisboa que propició que tuvieran que tapiar la puerta principal de San Mateo.
Y una Semana Santa tras otra, volverá a hacerlo para que no se le olvide, y lo repetirá aunque no le preste mucha atención, y nunca se cansara.
Y aunque no se lo agradezca directamente, un día se dará cuenta de que estará dentro de este mundo gracias a él.
Por ello quiero pedir a todos los cofrades jóvenes como yo, que crean que lo saben o sabemos todo, que escuchemos a los cofrades mayores (y no tan mayores): sus anécdotas, sus cosas, sus “batallitas”. Porque ellos saben más de lo que dicen, de estas historias mucho se aprende, y si somos capaces de escuchar, como el costalero oye al capataz, muchos problemas podremos evitar.
Y recuerden pese a lo dicho, los detalles son los que nos hacen grandes y por eso debemos cuidarlos, aunque este no solo deberíamos cuidarlos sino escucharlo también.
15.4.09
"Sabiduría Cofrade" por Miguel Merino Aranda
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