
Vi llegar a aquella capilla musical, la adiviné entre la gente, la atisbe como el preludio de un cotidiano trance que tengo a bien experimentar en las aceras de las calles, tras un largo esperar, o simplemente en la (aparente) soledad de una habitual plaza.
- Son “Las Saetas del Silencio”, escuché entre esa nube de incienso (tan real y ficticia al mismo tiempo).
- ¡Cómo no!, me respondí como si hubiera sido mi propio instinto el que me lo hubiera afirmado (dando a entender en esta réplica un claro sentimiento de serenidad).
No sé por qué extraña razón mi mente no me deja recordar a que imagen precedía este idílico e improvisado suspiro musical. No quiero obligarla, únicamente quiero desenterrar lo que la clarividencia vea ineludible y cardinal, ya que al fin y al cabo, siempre nos quedamos con lo más trascendental de las cosas:
Sufrimiento, ¿para qué tanto sufrimiento?
Esas eran las palabras que grabé a fuego en la lectura de mis remembranzas. Supongo que esa sería la cuestión que formularía al ver a ese hombre traicionado, pensativo, apaleado e incluso muerto y amortajado.
¿Desconozco cuál habría sido mi reacción ante una padecimiento tal y como el que sufrió Jesucristo? Mis instintos me harían actuar como una persona diferente a la que represento en el día a día.
Por eso, es la placidez con la que siempre se representa a Jesús en las escenas de la Pasión, la que me provoca un singular escalofrío.
Se que debería apreciarlo mas frecuentemente, sin embargo, es en el transcurso de una semana que, como digo con mucha reiteración, “está a flor de piel”, cuando me asalta esta sensación que me desborda.
Esta necesaria experiencia me hace renovar la fe, y sin duda, gracias a ella, aprendo a contemplar al Señor en muchas de las etapas del “día a día”. Veo a Dios en las cosas buenas y en las peores; ¿cuántas veces habremos oído esto?:
Particularmente, vi a Dios cuando el difunto Juan Pablo II se asomaba al balcón del Vaticano en sus últimos días, agotado y presintiendo su final, lo veo en gentes de otras razas y culturas sufriendo penurias e inexplicables injusticias, lo veo en la anciana que se santigua frente a una iglesia e indudablemente, lo he visto mucho, este mes pasado, entre los escombros de Puerto Príncipe.
Todos y cada uno de nosotros tenemos dudas respecto a nuestras creencias: algunos las renuevan, otros las olvidan y muchos las repudian. En mi caso, son los célebres “pitos del silencio”, los que, de manera introspectiva, reorganizan en gran parte, año tras año, mis convicciones. Se que tanto ese oboísta, como el clarinetista y el propio fagotista me verán como un asiduo cofrade, un amante de la Semana Santa, pero nunca podrán sospechar que en la acera los contempla una persona que les debe muchos agradecimientos por ser custodios de sus vivencias. [...]Ver más












